Dipolaridad del espíritu

Metas más altas

La reducción o encasillamiento de la vida al instante equivale a una muerte. Me explicaré.

¿No nos hemos fijado en que la vida en su conjunto parece ser inmortal, al menos en relación a los tiempos humanos (duración de la vida humana)? La vida es un continuo en el que los individuos son los eslabones de la cadena vital. Dentro de esta cadena se suceden nacimientos y muertes, los de cada una de las criaturas dotadas de vida y que en conjunto componen el fenómeno vital. El nacimiento recuerda al mito del ave fénix, que renace de sus cenizas con todas las potencialidades completas, o a la aparición de la primavera en el campo para las plantas. La muerte va precedida del decaimiento progresivo de aquellas potencialidades, hasta que se produce el óbito.

Pues bien, el reducir metafóricamente la vida a un instante supone no solo reducirla a los instantes buenos, sino a cualquiera de ellos, dentro de los que la muerte es uno muy principal “y del que no se sale”. A esto me refería en la primera frase.

Pero el instante va unido a la acción, el actuar, cuyo motor básico es la sensación (placentera o desagradable), y el individuo necesita actuar, sobre todo para su conservación, la transmisión de los genes a su descendencia y así perpetuar la especie en el torrente de la vida, y fundamentalmente permitir la evolución que nos ha llevado hasta aquí, los seres que se plantean el significado de su presencia en el entorno que nos rodea, el cosmos.

Esa necesidad perentoria de evolución, con la supervivencia de los más aptos, supone una ida y venida de nuevos seres, con sus nacimientos y sus ocasos… Y el espíritu del ser, en nuestro caso, el espíritu humano toma nota de todo ello, es consustancial con tal papel: ¡sería uno de los “polos” a los que hago referencia en el título del artículo!

¿Cuál sería el otro “polo”?…

Lo siguiente (en referencia al segundo polo) es, más bien, una recomendación, pero que encierra, en mi opinión, al menos tanto valor como lo anterior.

El primer “polo” es inevitable: aunque no queramos, vivimos y en consecuencia, estamos obligados a asumirlo (si no somos del grupo que no estima la vida y decide prescindir de ella -suicida).

El segundo “polo” requiere una actitud positiva por parte de nuestra voluntad: ¡es necesario buscarlo y persistir en él, para evitar la “alienación” del propio espíritu, pues su tendencia es alcanzar metas mayores! Para mí, ese segundo “polo” consiste en la adopción de una actitud, en cierto modo “paralela” a la del propio hálito vital, que en potencia posee caracteres de inmortalidad… ¡Salgamos de la cadena recurrente de nacimientos y muertes (¿el “karma” indú?), y apuntémonos a la calmada corriente, sin torbellinos, de la propia vida del planeta, más allá de Gaia, a la corriente vital de todo el orbe! Entonces, huelga la sensación, la pasión, el deseo, pues el “instante” que les requiere, deja de ser importante: ¡la calma, la prefiguración espiritual sobre la corriente del puro cosmos global no lo necesita!… Ese otro “polo” del espíritu nos acerca a la inmortalidad, ¡cuán parecido al camino del nirvana de Buda, y qué lejos del nihilismo que equivocadamente algunos le asignan!

Entre esos dos polos se devanea nuestro espíritu, y mi recomendación, en bien del apaciguamiento de nuestras angustias, y de la serenidad del mismo: ¡caminemos empecinadamente hacia el segundo!

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