Un hombre con principios, no temeroso de dios

Con bases sólidas

El presente artículo representa una cierta crítica hacia el llamado “hombre bueno”, considerando así a un hombre religioso, asimilado al concepto de hombre “temeroso de dios”. Pues bien, como contrapunto al mismo, yo reivindico otro tipo de hombre: el de los principios. Sí, aquel que conserva en sí unos principios (ninguno en particular) que le acompañarán a lo largo de su vida, y que guiarán su comportamiento, en otras palabras, que es “fiel a tales principios”. Claro está, ello no quiere decir que adopte una actitud inflexible en todas las circunstancias,  aunque se sea fiel a la principal idea que preside su conducta… Este hombre, como he dicho, es fiel a esos principios, y por ello y alrededor de ello, fiel también a aquellos que comparten los mismos o los respetan, en una relación correspondida y durable… Para él la traición es lo más opuesto a sus planteamientos y, por ejemplo, el espionaje es una actividad de lo más aborrecible.

¿Y por qué critico al primer modelo que cité, el del “hombre bueno” religioso?

Mi crítica se refiere al fundamento de su pretendida lealtad, la del seguimiento de una fe que siempre se refiere a un ser superior, sea cualquier dios de la mitología… Y en particular me refiero a ese tipo de religión en la que el “arrepentimiento” lo es todo… En verdad, no se es leal a nada, ni aún al pretendido amor a su dios, pues el simple arrepentimiento “lo cura todo”… Mas, ¿cómo se olvidan, tantas y tantas veces, del llamado “propósito de enmienda”?… Es más, ¡hasta un gran pecador, con un arrepentimiento final, tiene abiertas las puertas de su cielo!

Yo veo en todo esto un acicate para el poderoso “temeroso de dios”, pues puede realizar todo tipo de fechorías con tal de arrepentirse (yo diría, ficticiamente) en la confesión… Y así, una y otra vez, aumentando, por ejemplo, su riqueza de continuo, a la vez que se reitera en la confesión… De tal forma, puede ser uno muy religioso, temeroso de dios, y también, un perfecto sinvergüenza… ¡Una sociedad regentada por tales próceres, lleva la podredumbre en su mismo seno!… No recordemos tiempos de la propia Edad Media, ¡muchos ejemplos los tenemos bien recientes!

Por eso proclamo (y reivindico): ¡Cuánto mejor será aquel hombre fiel a sus principios, a sus amigos y a sus lealtades!

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