Tiempo de afirmación: no de cobardía o divagaciones

Estamos ante unos tiempos convulsos que no sólo atañen a nuestra nación, sino a la misma Europa, y seguramente a todo el mundo, como consecuencia de acontecimientos (en especial por su trascendencia) de orden económico-comerciales, y que al final lo invaden todo.

Cierto es que no podemos aislarnos de lo que pasa en todo el orbe (la globalización lo hace imposible), pero lo que quiero hacer ver claramente es que esas negras nubes, no sólo provienen del exterior, sino que, precisamente, somos nosotros uno de esos focos de inquietud que contribuyen de forma apreciable a la inestabilidad a que se ve sometido el orden mundial… Y no quiero ser tremendista, ni por el contrario demasiado moderado en mis planteamientos… Prefiero ceñirme exclusivamente a la realidad de lo que se nos avecina.

Ya en escritos anteriores de este mismo Blog (“¡Hartazgo!”, “¡El pueblo,… siempre el pueblo!”, “Futuro incierto; pasado cierto”, “Encrucijada: ¿De España?… No, del mundo”) expuse mi visión sobre la confrontación que a mi modo de ver, se está librando en nuestro país… Y los acontecimientos más cercanos en el tiempo, no han hecho más que corroborar mi intuición… En España se intenta hacer un cambio revolucionario en la sociedad, a través de un proceso de “ingeniería social” que intenta trastocar todas las bases de nuestra convivencia: familia, religión, sexualidad, etcétera… Y a tal cambio, a mis ojos más retrógrado que cualquier otra cosa, encima lo tildan de “progresismo”.

Pues bien, ha llegado el momento en que si no revertimos tal orden de cosas, defendiendo la sociedad que teníamos y que habíamos construido voluntariamente, la laxitud en nuestros comportamientos, indefectiblemente conducirá a que los enemigos de esta sociedad consigan finalmente su objetivo… Y el peligro no es menor: fuerzas populistas y de ruptura nacionalistas colaboran, aún desde posiciones totalmente contrarias, con el único objetivo del desmantelamiento de la misma… La corrosión de la sociedad se ejerce día a día con creciente virulencia.

Es por ello, por lo que el ciudadano corriente, componente esencial de aquella sociedad en la que queríamos vivir, poco dado a la exaltación, el sectarismo o la revolución, contra la aparente inercia que presentaba secularmente, hoy debe cambiar su comportamiento, dada la urgencia y trascendencia de la situación… Si anhelamos conservar la sociedad tradicional de nuestros padres y ancestros, hoy debemos afirmarnos rotundamente en ella: ¡No es tiempo de cobardía o divagaciones!

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