Lo esencial de la vida en la era de lo sintético

Hablemos más de filosofía que de ciencia. Por cierto, lo contrario es hoy más frecuente (seguramente por el auge de la experimentación génica y del ADN).

En la perspectiva que quiero reflejar en este artículo, es más conveniente abordar el tema de la vida desde lo que más falta en nuestros días (la cusa, la desvalorización, si no denigración de todas las explicaciones que no sean experimentos o hipótesis puramente científicas, siguiendo el camino establecido en su día por Karl Popper), la esencia del fenómeno vital, el radical principio que habita en su raíz…

Además para que queden desdibujados los conceptos en un terreno de nadie, a saber ni lo biológico, ni lo puramente físico, o lo contrario, biológico y físico a la vez, incluyo especialmente lo sintético: genes sintéticos integrados en organismos vivos, como se ha anunciado ya repetidamente, es decir, el amplio campo de la biónica.

En los tiempos de los robots y la cibernética, cada día mucho más sofisticada gracias a la inteligencia artificial (IA), quiero emitir una hipótesis de amplio espectro, que se acerca más a lo filosófico que a lo científico, sobre lo que en mi opinión es la vida, los organismos vivos, por otra parte tan poco definidos, que ni la misma ciencia acaba de concretar estrictamente, algo que intenta compensar refiriéndose a algunas de sus características (casi) comunes que les adornan, que en modo alguno es una definición.

Es tal el adelanto técnico en el campo de la robótica, que se habla de robots inteligentes al “estilo humano” (quiero decir que su cerebro estaría construido en base a una imitación del humano, no como el del ordenador más sofisticado al uso), que se dice estará dotado de verdaderos sentidos (tacto, vista, etcétera)… , hasta se pretende que tenga “sentimientos”… Y aquí viene mi primera objeción… ¿sentimientos o emociones?… El dotar al robot de “emociones”, considerando a estas como los flujos químicos de las hormonas que recorren nuestro cuerpo,  proporcionándonos un estado interno del sistema que nos incita a una forma concreta de comportamiento, es factible, mas esto no consiste más que en una nueva forma de dirigir al robot (yo diría que mecánicamente) a una forma de movimiento o comportamiento que también proporcionaría cualquier “mecánica de precisión” (física, y no necesariamente química)… Lo dicho, emociones sí, así consideradas, ahora bien, ¿sentimientos?… esa es otra cuestión bien diferente, que además se adentra en lo que atañe al propio significado de un ser vivo…

Un robot bien diseñado, muy avanzado y sofisticado podría “confundirse”, al menos para el observador externo, con un ser dotado de vida… ¿Quién puede asegurarlo?… Y ese es el “quid” de la cuestión…

La ciencia ficción nos hablaba (“2001, una odisea del espacio”,”Yo robot” y tantas otras obras) de robots que en tal sentido, habían pasado la “supuesta barrera” entre la máquina y el humano… pues habían llegado a desarrollar “sentimientos internos”… Y en verdad, en teoría, si así fuera, serían, si no humanos, sí “seres vivos”.

Y en ese juego de palabras se esconde la raíz de lo vital… Una máquina, si denominamos así a todo lo construido por el hombre, la materialidad del robot, para los que creen que “la cantidad en algún momento crea la cualidad”, a través de un proceso al que llaman “emergencia”, llegará por sí a constituir un “sentimiento interno”…

Pues aquí niego la mayor: “No se atisba en ningún modo, ni siquiera incipientemente, que la máquina llegue alguna vez a  poseer tal sentimiento interno”… Y mi negación se basa en la exigencia de una prueba en sentido contrario, por parte de científicos o filósofos, que pueda rebatir el aserto anterior (si no se presenta tal prueba, por los mismos principios de Popper, estaríamos ante una hipótesis no científica).

¿Y por qué estoy tan seguro de lo que digo?… Porque la máquina supersofisticada o “robot del futuro”, adaptada a todo tipo de entornos estará capacitada para responder (y hasta “aprender”) ante cualquier estímulo externo e interno para “comportarse” (incluido en su programa de sofisticación progresiva al ir aprendiendo de la experiencia) según un programa con bases mínimas  incluido en el software inicial de la máquina, pero este programa inicial básico en el que dicha máquina tiene su origen y definición (aunque se perfeccione por el aprendizaje, haciendo cierto el adagio de Ortega y Gasset del “yo y las circunstancias”) es, en verdad, la regla que “dirige” esencialmente al robot, una causa que, evidentemente, no está en él, pues obedece a las instrucciones (“software inicial”) emanadas del “exterior”, es decir, de su creador…

En esencia, por consiguiente, tal máquina-robot no precisa de ningún “sentimiento interno” (propio) que dirija su comportamiento: El “software inicial” que incluye un programa de aprendizaje, dirige y explica suficientemente  el comportamiento futuro del mismo… ¡Es una dirección “diferida” en el tiempo, quizás indirecta, pero no más!

Aclarando la cuestión: La máquina-robot podrá estar dotada de sentidos, más sofisticados quizás que los estudiados por Pávlov; también pudiera poseer un entorno interno (¿químico?) que al modo de “sensaciones” inquiera actuar de cierta manera según las circunstancias internas, con capacidad de elección sobre varias alternativas, eligiendo la correcta a cada caso, pero todo su “comportamiento” no es más que el resultado, o las “salidas” (outputs) de una máquina suficientemente compleja… ¡El comportamiento global del mismo no se “saldría” en absoluto de las “intenciones” de su creador!… ¡No existen “intenciones” -propias- del robot, sólo las de su creador!…

Pues la vida tiene que ver con esto: ¡Ese “sentimiento interno” que proclamo es lo mismo que la “intencionalidad” de tal sistema, que ya no sería robot, sino “organismo vivo”!… Si existe un creador del mismo (obviamente, la evolución lo ha creado a lo largo del tiempo -su código genético-), este último ya no sigue la “intencionalidad” de aquel, “sigue la propia”… Por eso posee “sentimiento interno”; lo necesita para “desligarse” de su creador (sea este persona, evolución u otra causa)… Y ¡he aquí la vida!…

¿Cómo pudo darse esta maravilla?… El preciso proceso no lo sé, pues constituye (sin decirse claramente… ¡tendrán sus motivos!) el objeto de una ardua investigación científica… y que se zanja simplemente tras el frontispicio de la “emergencia”… La raíz esencial de lo que más importa, conciencia y vida, sigue flotando en la nebulosa consentida de la ignorancia.

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