De sentimientos y emociones en el ser vivo

En consonancia con lo propuesto en mi artículo anterior, “La esencia de la vida en la era de lo sintético”, considero que debe existir una causa o raíz que provoca el “sentimiento interno” referido, y que es distinto del de las emociones que pudieran “introducirse” en el robot-material sofisticado para mantener la homeostasis que va de una gama de lo agradable-placentero, a otra opuesta o de lo desagradable-doloroso.

Ahora explicaré mi opinión al respecto. Por cierto, las emociones vienen muy bien descritas en el capítulo “Un estudio de la emoción”, de mi obra “El ser y la vida”, así que no haré más hincapié en ello.

Lo primero de todo es desechar esa gama de niveles, dentro de lo agradable y lo desagradable, relacionada con el referido concepto de la emoción que acompaña al mantenimiento de la homeostasis. Y ello se debe al carácter cualitativamete distinto del sentimiento interno, que tiene que ver con la naturaleza o esencia de la criatura viva… Yo diría que existiría una suerte de “amor hacia sí mismo”, una satisfacción narcisista sobre el propio yo y eso le proporciona placer… ¡Un placer que proviene de más allá de la pura materialidad física!

Pues sí, sintiendo mucho que lo que viene a continuación no sea “santo devoción” para las mentes más ancladas en lo material (científicas o no), no me queda más remedio que inmiscuirme en terrenos más propios de la metafísica, yo diría, más bien, en una creencia propia a la que después de muchos años de analizar los fenómenos que nos rodean, tanto desde un marco científico como filosófico, se ha ido elaborando no sin bastante esfuerzo, y con no menos entusiasmo.

Sin más dilación expresaré mi pensamiento.

De las dos causas citadas como raíz de sentimientos y emociones, en la segunda (la última) no se vislumbra la citada gama de dolor-desagrado en forma similar a la primera. Creo que aquí lo negativo es simplemente la falta de placer-alegría que ocasiona el encuentro con nuestra propia naturaleza… Esa naturaleza es de tal índole que su límite se dirige hacia el infinito, es decir, no existe límite… Todo depende de nuestra “conexión” con ese mundo maravilloso de lo indiferenciado, ese alma universal de la que hablaron muchos filósofos… Decir que, no obstante, primera causa (del robot) y segunda (del ser vivo), al estar continua e indefectiblemente relacionadas, las emociones adquieren una cualidad ya muy distinta (algo que el robot puro es incapaz de “percibir”).

Aquí, la homeostasis no es lo principal (en el robot lo es todo)… La criatura viva con esa especie de instinto narcisista que puede confundirse con aquel instinto de conservación clásico, anida en su interioridad ese “sentimiento interior” radical, fruto de su propia naturaleza-esencia… En nosotros, como animales, como seres vivos y con esa conciencia de la que tanto nos vanagloriamos, se presenta un mix de sensaciones-sentimientos de incertidumbre, nostalgia, inseguridad y angustia al que no consideramos positivo, y por otro lado, lo contrario: alegría, entusiasmo, seguridad en sí mismo, contemplación, éxtasis… Para nosotros, cima de la evolución, según se mire, todo ello es la fuente de la religión, las creencias más profundas, amor(¿tal vez?)… Y es que en el fondo de cada instinto que cobijamos, existe una conexión, yo diría cósmica, que nos conduce a lo más excelso… Así se explica cómo ese instinto de reproducción acompasado con hormonas como la testosterona y los estrógenos llega a ser tan fuerte en el humano (algo similar en todas las criaturas sexuadas), en su libido, proporcionando un placer que en algunas religiones, como entre los seguidores indios de Kali, es ensalzado como un don divino… (Lo desagradable, lo no positivo, sería simplemente una “ausencia” de lo anterior).

Ciertamente, esta segunda raíz, a mi modo de ver, del “sentimiento” que nos inunda, como ya dije, es lo que caracteriza de forma rotunda al organismo vivo. Claro está, para las otras especies vivas que nos rodean, dado que la interlocución se nos antoja prácticamente imposible, debe ser el fenómeno empático el que sólo puede corroborar tal afirmación.

Visto lo visto, y como copartícipes de ese sentimiento interno que anida en cada criatura viva, abogo, sin llegar a conducirnos por la radical estricta norma jainista de respeto hacia los seres vivos, por adoptar una conciencia social firme de respeto a la naturaleza, como entorno necesario e imprescindible para el mantenimiento y desarrollo de la infinitud de “compañeros” vivos que nos rodean.

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