El amor no pide nada… ¡da!

Si está presente “lo amado”, el mundo tiene color…

Amor y amado se funden en ánima pura y sublime… No busca nada más… Dádivas y adornos la rodean, ¡los otros objetos del mundo!, ya luminoso y renacido, dando gloria a su alegría…

Amor es una fuente eterna de la que mana la exuberancia de su fluido, por la sola contemplación de lo amado, germen de su vivencia…

Amor lo da todo, sin porfiar su alegría, ni requerir eso mismo de lo amado… No obsta, sin embargo, ¡sobresalto y regocijo inmenso si tal ventura apareciese!… Amor quiere y le gusta querer, y eso la basta, pues el querer es brillo y luz vital…

Estar vivo; lo más vivo es querer y querer sin límite… Amor lo sabe, siente esa certeza muy dentro… Ama y no quiere nada a cambio. ¡Qué más se puede desear!… El amor deja al lado la incertidumbre, las sombras de la luz radiante… Se basta a sí mismo en su tarea de amar…

¡Sólo hay un temor, miedo…! La idea fugaz de la pérdida de “lo amado”, sólo su posibilidad, en algo ensombrece la alegría del amor. Mas, la certidumbre al encontrarlo ante sus ojos, de nuevo, se torna en renacida alegría… ¡Más alegría aún!… El amor es un don, una plegaria desde lo más alto… El amor es lo mejor del mundo, ¡la dádiva que ilumina el mundo!

Y es que, ¡el amor no pide nada!… ¡sólo da!

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