Una premonición, el wolframio… y el descubrimiento del transistor

Años cincuenta del siglo pasado (a finales)…

Lobios, un pueblo de la frontera galaico-portuguesa…

Un niño (quizás, nueve años) y su padre, ¡qué conexión tan madura entre ambos, desde luego no trivial!…

¿Y el transistor?… El primero que vi… Venía de Japón, era una novedad y no solo para mí… Sí, mi padre, para muchas cosas era moderno; le gustaba experimentar lo novedoso, ¡se lo podía permitir!, en aquellos años nada boyantes de la España posterior a la posguerra… Sí, era curioso ese pequeño aparato que “hablaba” sin cables… No el mastodóntico aparato fijo, rey de la casa en aquellos años…

Un niño tan curioso y vivaz como yo, que todo lo preguntaba, conoció cómo funcionaba aquel extraño cachivache que por más, colgaba de la varita que portaba mi padre sobre el hombro y que solía utilizar como apoyatura en sus desplazamientos por el monte (más bien por gusto, que no por necesidad), pero que en esta ocasión tuvo otra utilidad… Mi padre me dijo que lo que oía provenía de la capital de la nación, Madrid, emitiendo una onda que se propagaba por el espacio… en línea recta, atravesando fronteras, por dos veces: la de Portugal, por Zamora y después la orensana.

Se me olvidaba. Poco tiempo antes descubrí lo que más tarde fue una querencia obsesiva sobre los minerales metálicos de la naturaleza, en especial el wolframio (tungsteno).

Uno de los ríos más bonitos de nuestra Galicia es el río Salas (afluente del Limia), curioso porque atraviesa el antiguo enclave  que se llamaba el “Coto Mixto”, cuyos habitantes pertenecían tanto a España como a Portugal.

Pues muy cerca de las ruinas del antiguo castillo de los Arauxos, y en la confluencia del Salas con uno de los riachuelos que provenían de Lobios desde “As Sombras”, encontré una piedra muy negra y pesada, brillo metálico y como he dicho del color del azabache… Antes no lo sabía, pero era wolframita que provenía de las minas que a flor de tierra se extendían por los parajes graníticos que se alzaban hasta el Pico Nevoso (el más alto del parque hispano-portugués Peneda-Xerés).

Pues bien, tras este “requiebro incursivo” me ceñiré al relato principal… Aquellas ondas electromagnéticas que provenían de Madrid, no llegaban con claridad, sino intermitentemente… hasta el punto que mi padre, con espontáneo asombro exclamó: ¡Cuántas minas no habrá en el camino hasta aquí para provocar tales interferencias!… ¡Se me quedó grabado!… Una premonición fuertemente corroborada con el tiempo, al añadirse a la ya conocida (entonces) mina portuguesa de wolframio, Mina dos Carris (en España su prolongación era la Mina As Sombras), todos los yacimientos encontrados en distintas localidades salmantinas (Lumbreras, etcétera) de la línea fronteriza con Portugal… ¡Sí, entonces descubrí el transistor, que entró en mi vida, junto a la certera premonición de mi padre sobre los ingentes yacimientos de casiterita y wolframita de la tierra salmantina!

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