Mi barrio, el “Rastro” y mi descubrimiento del anteojo

Plaza Mayor de Madrid

La calle Algeciras, el “terror” del director del Colegio Hispanofrancés de la Costanilla de San Andrés en Madrid (una historia que alguna vez contaré), en aquellos tiempos (años cincuenta del siglo pasado) era nuestro “barrio” (¡curioso!, hoy dentro de la “almendra central” de Madrid, o sea, el centro neurálgico de la Capital), una zona deprimida que sufrió en sus carnes los embates de la Guerra Civil pasada.

La posguerra fue muy dura en todos los aspectos, por supuesto en Madrid, con el auge de la chatarra, el carburo, el racionamiento, entre otros bienes básicos, del petróleo… Pero, no es este el tema principal del presente artículo… Lo es mi relación personal con el “Rastro” madrileño, y mi descubrimiento del anteojo.

Me explicaré… Desde muy pronto el Rastro fue un foco de atracción para mí, y desde luego para muchos otros… aunque creo que por distintas razones. La mía, por la inquietud y curiosidad que siempre tuve hacia todo lo que me llamaba la atención en la búsqueda de las explicaciones de las cosas (un atisbo de mi apego posterior a la Ciencia), se inclinaba por mecanismos que fueran útiles para ver, conocer más allá de lo cotidiano…

Llamaron mi atención desde el principio, todo tipo de lentes que aumentaban o disminuían la imagen, lentes que sin duda debían proceder de gafas ya no utilizadas, pero que por partes podían venderse como lentes… El manipular, antes de comprar, distintas de esas lentes, me hicieron comprender la diferencia entre lentes convergentes o convexas y lentes divergentes o cóncavas, y su combinación que hacía posible atraer hacia mi vista las imágenes lejanas  (convergentes como objetivo y divergentes como ocular): ¡estaba descubriendo el anteojo!

No fue difícil concluir la construcción de un elemento rudimentario de anteojo, con aquellas diferentes lentes cóncavas y convexas que compré (¡yo creo que compré todas -al menos al mismo señor- pues pasado el tiempo me fue casi imposible encontrar y comprar otras!).

Me aficioné, entonces, a mirar a través de dichos anteojos: unos aumentaban más, otros menos, pero todos fueron objeto de mi interés.

Me olvidaba decir que la calle Algeciras posee cierta pendiente que en su final es bastante abrupta, desembocando de la llamada “Cuesta de las Descargas” (¡qué nombre!… ¿provenía de la última guerra o de los fusilamientos de mayo de madrileños por las tropas de Napoleón!… Y constaté que estas últimas estuvieron allí, pues llegué a encontrar una moneda francesa en la tapia que culmina dicha Cuesta de las Descargas, al lado del “Cuartel de Bomberos” de la Puerta de Toledo)… Pero, no debo desviar el tema… seguiré con el relato principal.

El abrupto final de la calle Algeciras, representaba en verdad un pequeño altozano para el propósito que perseguía que era mirar en la distancia (por supuesto, con el catalejo o anteojo)… Y sí, pude ver no solo las ventanas de los pocos edificios que desde allí se divisaban, sino mucho más lejos: ¡el campo de Castilla!… ¡Sorprendente, un labrador arando con su mulo los surcos que en su día le darían su futura cosecha!… La imaginación me llevaba hacia Toledo, algo que, ¡cómo no!, me causaba asombro…, pues, ¿cómo en medio de Madrid iba a haber campos de cereales?… Algo no cuadraba, ¡pero mis escasos años eran más proclives a lo extraordinario que a lo común, más terrenal!… Hay que decir que desde la “atalaya” que me busqué, apenas había edificios en dirección al río Manzanares, que era la dirección en que discurría o desembocaba la citada calle Algeciras… Solo estaba la tapia del tren (por cierto, reparada de los numerosos agujeros que presentaba  como antiguos puestos de tiro de la no muy lejana Guerra Civil) que unía la Estación del Norte con la de Atocha y que en algunos tramos estaba soterrada.

Pues bien, sin el anteojo no era capaz de localizar esos campos de cultivo que sí observaba con el mismo… Presentándoseme como una imagen mágica, una aparición de los “campos de Toledo”, gracias a mi “maravilloso” instrumento… ¿En ello consiste la alegría del científico ante un descubrimiento (su ¡Eureka!)?

Pasó el tiempo, la verdad que no mucho, y ya más mayor, más maduro pude constatar que esas tierras de cultivo eran reales, aunque quizá anacrónicas, estaban al lado del Cementerio de San Isidro, en una prolongación que iba desde el que más tarde sería el “Barrio Lucero”, cerca de Aluche, hasta el mismo río Manzanares… ¡Qué bonitos son los sueños!

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