Revolución silenciosa: un apoyo desde fuera

La “partidocracia” española: un mal endémico que precisa una rectificación en bien de la higiene democrática.

Antes nos quejábamos de falta de partidos: ¡Solo existía uno que se identificaba con el llamado”movimiento nacional”!

Crearon los partidos, pero los cogimos con tanto gusto que han “inflacionado”… Ahora todo son los partidos, se salen del  propio ámbito del que nunca debieron salir, “metastizando” todos los demás poderes del Estado: el jurídico, el legislativo y el ejecutivo… Y solo en el último tienen razón de ser.

Este mal debemos corregirlo si queremos tener, en verdad, una democracia “progresista”, precisamente en las antípodas del “progresismo izquierdista” que lo impregna todo…

“La política no debe ser una profesión”, un dicho común que no obstante no hacemos nada para hacer cumplir…

Aquí no valen derecha, izquierda o populismo (parece que todos se ponen de acuerdo para ir incrementando su cuota de poder frente a la sociedad civil)… Los aparatos de los partidos son demasiado grandes; es preciso reducirlos para así dedicar los recursos directos o indirectos que les proporcionamos, a otras necesidades más perentorias de la sociedad.

El endeudamiento de los partidos con los bancos debe ser prohibido, lo que iría en provecho de su libertad de acción, desterrando de la sociedad, colateralmente y precisamente, la profesión de político.

La política necesita de líderes que lo sean por vocación para el mejoramiento de la situación de sus conciudadanos; de ningún modo el poder por el poder, que solo debería enmarcarse en el terreno de lo privado (nunca público) como resultado del emprendimiento. Lo contrario se asemeja más a comportamientos mafiosos, sectarios o masónicos.

Mi consejo para “aligerar” los partidos es su reducción al mínimo imprescindible para acometer una campaña electoral, limitada por ley en presupuesto y utilización de medios audiovisuales, escritos o de otro cualquier tipo… Y a este respecto, aún la iniciativa privada debe ser controlada, de otro modo los llamados “poderes fácticos” marcarían todo el proceso, algo no satisfactorio ni para el ciudadano, ni la sociedad en general.

Así que yo promovería al “simpatizante” sobre el “afiliado”… El afiliado suele contribuir mínimamente al presupuesto del partido, pues son otras fuentes legales, procedentes del erario público, o menos legales, un tanto oscuras las que constituyen el grueso del mismo…

La afiliación, para una democracia bien entendida, no es necesaria (sí preferible para el partido en sí)… ¡debe estar en mínimos! Aquel que ama unas ideas y desea fomentarlas, nunca debería imponerlas; solo se identifica por la “simpatía” hacia ellas, lo que quiere decir que le gusta apoyarlas, eso sí de forma totalmente democrática (sobran los “escraches” o comportamientos similares), cuya mayor expresión es el ejercicio del voto en las elecciones legalmente convocadas.

Los partidos deben ser “mantenidos” gracias a sus simpatizantes, que no tienen porqué estar afiliados a los mismos… ¡Y qué mayor empuje que el voto hacia las ideas o programas sobre los que sentimos simpatía!… Y no estoy descubriendo nada nuevo, aunque en nuestro país parezca una novedad… ¡Solo estoy propugnando un modelo parecido al anglosajón!… ¡No se “vive” de las ideas; éstas se construyen y  fomentan!

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