La cumbre de la literatura en castellano

La subjetividad del título es patente… Y es que para cada escritor esa “cumbre” la representan sus “propios modelos”. No obstante, espero que en algo sí se pueda estar de acuerdo conmigo.

Mi paisano (en diferido por 400 años) Don Miguel de Cervantes, puede ser reconocido, en su obra el “Quijote”, como la cumbre de la literatura española, aunque en particular a mí me gustan mucho las “Novelas ejemplares”… Y digo paisano, porque nació, igual que yo en Alcalá de Henares, allá por el año 1547 (yo en 1947)… ¡son los únicos parecidos!

Para mí, en Juan Ramón Jiménez  se alcanza la verdadera cumbre de las letras castellanas, tanto en verso como en prosa… Y así lo reconoce el autor que suscribe, en las citas sobre el mismo en sus obras: “Vida y mente” y “Melodía en las estrellas”… También en este Blog, en el que aparecen algunas estrofas de sus poesías: “En la circumbre”, “Pastorales” y “El nombre conseguido de los nombres”… Por supuesto que especial mención merece la obra por la que alcanzó el premio Nobel, “Platero y yo”… La sensibilidad, la pura poesía en prosa, el amor a la naturaleza la hacen ser una obra maestra, extraordinaria…

Y, por último (no quiero alargarme más) es Baltasar Gracián, con su obra “El Criticón”, el tercer modelo para mis escritos.

EL “Criticón” es la obra cumbre del “conceptismo” barroco español, una alegoría de toda la vida del hombre, basada en una continua antítesis entre las opiniones de los dos protagonistas, el impulsivo e inexperto Andrenio y el prudente y experimentado Critilo.

Para muchos, el Criticón representa, junto con el Quijote y la Celestina, la cumbre de la narrativa filosófica española… Solo hay que recurrir a sus lectores confesos, los filósofos Schopenhauer y Nietzsche, que la consideran un precedente del existencialismo.

La obra tiene tres partes diferenciadas, elaboradas a lo largo de seis años, siendo una “summa” del estilo conciso y cargado de significado del conceptismo barroco (oraciones  independientes y breves, donde la profundidad está en el concepto y no en la sintaxis).

El autor nos dice acerca de su estilo: “He tratado de imitar las alegorías de Homero, las ficciones de Esopo, lo doctrinal de Séneca, lo juicioso de Luciano, las descripciones de Apuleyo, las moralidades de Plutarco, los empeños de Heliodoro, las suspensiones de Ariosto, las crisis del Boquelino y las mordacidades de Barclayo”.

Azorín le llamó “un Nietzsche español”.

Pero yo me quedo (e intento imitar) con su aforismo, que aparece en su obra “Oráculo manual y arte de la prudencia”: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

Tres joyas de la literatura, sin hacer menosprecio alguno de muchas otras.

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