El cielo siempre está arriba: ¡Y tiene su razón!

 

¡Deja la ciudad y sube a la montaña!… La ciudad es el reino de lo horizontal, lo complejo, lo oscuro… ¡no se ve más allá de la siguiente manzana!

La montaña es el reino de lo vertical… del espacio abierto… ¡Has notado que todo un universo se abre hacia arriba, desde la verticalidad hacia el horizonte!… Y es literal: es un universo entero el que se abre sobre nuestras cabezas, sobre cada uno de nosotros: es como si el universo entero fuera propio… Pero lo mejor no es racionalizar tal evidencia, sino conservar el “sentimiento” de todo ello… ¡El universo y tú estáis comulgando, unificados por tal sensación!… ¿Extraña, pues, que lo más inconmensurable lo situemos ahí, allí arriba?… Una sensación mágica, una experiencia casi religiosa nos incita a buscar en lo más alto, lo más excelso de nuestra creencia que, en casi todas las religiones, lo llaman “cielo”… Por consiguiente, es ¡esta la razón de que el cielo lo busquemos allá arriba!… Pero este mismo sentimiento y su correlación, tiene sus matices, de acuerdo con el entorno que nos rodea… Por ejemplo, en la pradera interminable del oeste americano, o las sabanas africanas, esa sensación de inmensidad, de misterio, de lo incógnito y a la vez personal… ¡un horizonte de infinitud!… sus espíritus, sus dioses, tienen también aquí su paraíso…

Las bellas noches del desierto, libio para Egipto, el persa hollado por el gran Alejandro… , en esas noches el cielo se llena de las trémulas luces de las estrellas, y de la impresionante, grande y bella Luna… ¡ese es su cielo!

El horizonte, si no es el infinito de la estepa y la sabana, aparece recubierto de valles, montañas, árboles, indiferenciada vegetación que ocupa una parte de la vista, intermitentemente, haciendo palpables y omnipresentes los mismos: ¡el espíritu no puede “perderse” en el horizonte infinito que pueda acogerte en el misterio!… Aquí, lo horizontal es humano, es la sensibilidad animal que nos “ocupa”, lo suficiente para no poder abstraernos en lo supremo, en la aspiración al paraíso… Sujeto (nosotros) y objetos nos entretienen en la premura de la vida, en su complejidad, a veces agobio, en sombras que pueden conducirnos a lo oscuro, a las tinieblas… lo contrario que antes: ¡un mundo de profundidades, oscuridad, el terrible “infierno”!

Allí arriba, el astronauta de la estación espacial internacional, advierte la redondez de nuestro mundo, el planeta azul… y ¡allí está todo!… El mundo se nos ha hecho pequeño, así que el cielo del astronauta no puede quedar reducido a ello… Su horizonte siempre está más lejos; su cielo ha de buscarlo más allá de las estrellas, en el inmenso universo… Y tal es así, que el primer cosmonauta que orbitó el planeta, Yuri Gagarin, desde el mundo de ideología atea, dicen que lo primero que exclamó fue: “No veo a ningún dios aquí arriba”… ¡La verticalidad conduce al cielo!… ¡Y no la pérdida de referencias!

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