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Entradas de Enero 2009

Filosofía básica del Paradigma (Auguste Comte I. 1798-1857)

Enero 30, 2009 · Dejar un comentario

Nace en Montpellier y muere en Paris.

A continuación expondré una síntesis del pensamiento del filósofo.

Según Comte, hay distintos tipos de filosofía. Precisamente porque es un estado que viene de otros y conduce a otros, la filosofía es algo esencialmente diverso en sí misma. Como nos dice Comte, cada filosofía, “dogmáticamente” considerada, es un conjunto de ideas sistemáticamente organizado; es un orden definido. Pero “históricamente” cada uno de estos órdenes se inscribe entre otros estados; es un progreso. Cada filosofía se apoya en las anteriores, las presupone para llegar a ser lo que es. El orden progresivo, o el progreso ordenado, es lo único que expresa la unidad de la filosofía. Hay una sucesión de estados, pero de estos estados hay uno, el estado positivo, que para Comte es el definitivo. Esto se expresa en la “ley de los tres estados”. Cada uno de ellos está caracterizado por un objeto, por un método y por una explicación. ¿Cuáles son estos estados?

1º. El estado teológico. Su objeto es acceder a la naturaleza última de las cosas atribuyéndola a causas, primeras desde el punto de vista de las cosas, últimas desde el punto de vista de su destino. Este conocimiento de las cosas por sus causas últimas y primeras es un conocimiento absoluto. Es el “régimen de los dioses”. El gran método para llegar a este conocimiento ha sido la imaginación, poblando el universo con una serie de innumerables agentes dotados de animación: ha sido la época del fetichismo. Un gran progreso consistió en proyectar estos agentes fuera del universo y considerarlos como realidades que reposan sobre sí mismos: es el politeísmo. Y finalmente, la gran labor del estado teológico ha sido reducir todos estos dioses a uno sólo: el monoteísmo.

2º. El estado metafísico. En este segundo estado, los agentes sobrenaturales están sustituidos por entidades abstractas, verdaderas fuerzas ocultas o virtudes de las cosas. Es el “régimen de las entidades”. Es un progreso sobre el estado anterior. Porque aquí no se trata de salir de las cosas para ir a agentes y causas ajenas al mundo, sino de quedarse en las cosas mismas. Comte llama a esto estado “metafísico”. Así como el estado teológico evolucionó del fetichismo al monoteísmo, así también el estado metafísico ha llegado a un progreso final al reunir todas aquellas entidades en una sola: la Naturaleza.

3º. El estado positivo. Se caracteriza por quedarse en las cosas mismas, pero ateniéndose a la observación de los hechos y al razonamiento mismo sobre ellos. No se trata de averiguar por qué ocurren las cosas, sino tan solo cómo ocurren (es decir, su objetivo no es descubrir causas, sino leyes, relaciones invariables de semejanza y sucesión en los hechos). De ahí que la explicación de las cosas no existe en el estado positivo, renuncia deliberadamente a la naturaleza íntima de las cosas. Es el “régimen de los hechos”.

El espíritu humano ha pasado, pues, por estos tres estados: el teológico, el metafísico y el positivo. El paso del estado metafísico al positivo es inexorable. El paso al estado positivo es la crisis de la imaginación para ceder el paso a la razón, la razón natural que, naturalmente, posee el hombre.

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Filosofía básica del Paradigma (Hume II)

Enero 25, 2009 · Dejar un comentario

“Pero, las causas y efectos no pueden descubrirse por la razón, sino por la experiencia.

De todo ello se deduce que toda creencia en una cuestión de hecho o existencia reales deriva meramente de algún objeto presente a la memoria o a los sentidos y de una conjunción habitual entre éste y algún objeto. O, en otras palabras: habiéndose encontrado, en muchos casos, que dos clases cualesquiera de objetos, llama y calor, nieve y frío han estado siempre unidos;  si llama o nieve se presentaran nuevamente a los sentidos, la mente sería llevada por costumbre a esperar calor y frío, y a creer que tal cualidad realmente existe y que se manifestará tras un mayor acercamiento nuestro. Esta creencia es el resultado forzoso de colocar la mente en tal situación. Se trata de una operación del alma tan inevitable cuando estamos así situados como sentir la pasión de amor cuando sentimos beneficio, o de odio cuando se nos perjudica. Todas estas operaciones son una clase de instinto natural que ningún razonamiento o proceso de pensamiento o comprensión puede producir o evitar.

Ya hemos observado que la naturaleza ha establecido conexiones entre ideas particulares y que, tan pronto como una idea se presenta a nuestros pensamientos, introduce su correlato y lleva nuestra atención hacia él mediante un movimiento suave e insensible. Estos principios de conexión y asociación los hemos reducido a tres: semejanza, contigüidad y causalidad, y son los únicos lazos que mantienen unidos nuestros pensamientos y dan origen a la corriente regular de reflexión y discurso que, en mayor o menor medida, tiene lugar en toda la humanidad. Pero surge una cuestión de la que depende la solución de la presente dificultad. ¿Ocurre en todas estas relaciones que, cuando uno de los objetos es presentado a los sentidos o a la memoria, no sólo la mente es llevada a la concepción de su correlato, sino que alcanza una representación (concepción) más firme y vigorosa de él que la hubiera podido alcanzar de otra manera? Este parece ser el caso de la creencia, que surge de la relación causa y efecto. Y si el caso es el mismo con otras relaciones o principios de asociación, puede establecerse como ley general para todas las operaciones de la mente.”

“Aquí hay, pues, una especie de armonía preestablecida entre el curso de la naturaleza y la sucesión de nuestras ideas, y, aunque los poderes y las fuerzas por las que la primera es gobernada nos son totalemente desconocidas, de todas formas, encontramos que nuestros pensamientos y representaciones han seguido la misma secuencia que las demás obras de la naturaleza. La costumbre es el principio por el cual se ha realizado esta correspondencia tan necesaria para la supervivencia de nuestra especie y la dirección de nuestra conducta en toda circunstancia y suceso de la vida humana. Si la presencia de un objeto no hubiera inmediatamente excitado la idea de los objetos usualmente unidos a él todo nuestro conocimiento hubiera tenido que limitarse a la estrecha esfera de la memoria y sentidos, y nunca hubiéramos sido capaces de ajustar medios a fines o emplear nuestros poderes naturales para hecer el bien o evitar el mal. Aquellos que se deleitan en el descubrimiento y contemplación de las causas y efectos, tienen aquí un amplio tema en el que ejercitar su asombro y admiración.”

“Añadiré, para mayor confirmación de la teoría precedente, que como ésta operación de la mente, por medio de la cual inferimos los mismos efectos de causas iguales y viveversa, es tan esencial para la subsistencia de todas las criaturas humanas, no es probable que pudiera confiarse a las engañosas deducciones de nuestra razón, que es lenta en sus operaciones, que no aparece en grado alguno durante los primeros años de la infancia y que, en el mejor de los casos, está en todas las edades y períodos de la vida humana muy expuesta al error y a la equivocación. Concuerda mejor con la sabiduría habitual de la naturaleza asegurar un acto tan necesario de la mente con algún instinto o tendencia mecánica que sea infalible en sus operaciones, que pueda operar a partir de la primera aparición de la vida y pensamiento y que pueda ser independiente de todas las deducciones laboriosas del entendimiento. De la misma manera que la naturaleza nos ha enseñado a usar nuestros órganos sin darnos conocimiento de los músculos y nervios por los cuales son movidos, igualmente ha implantado en nosotros un instinto que conduce al pensamiento por un curso que corresponde al que ha establecido entre objetos externos, aunque ignoremos los poderes o fuerzas de los que este curso y sucesión regular de objetos depende en su totalidad.”

“Si los objetos no tuvieran una conjunción regular entre sí, jamás hubiéramos tenido una noción de causa a efecto, y esta conjunción regular produce la inferencia de la mente, que es la única conexión que, en parte, podemos comprender.”

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Filosofía básica del Paradigma (Hume I)

Enero 12, 2009 · Dejar un comentario

En los apartados con este título se analizará la obra de siete insignes pensadores, cuya importancia sobre la historia de nuestro pensamiento occidental es sumamente relevante, y que por ello hemos adoptado para fijar las bases del “Paradigma” buscado en Simbiótica

David Hume (1711-1776)

Nace y muere en Edimburgo.

Desgranaremos las ideas del filósofo inglés, partiendo de su obra principal, “Investigación sobre el conocimiento humano”.

Estas son sus palabras:

“Incluso el pensamiento más intenso es inferior a la sensación más débil. Y una distinción semejante a ésta afecta a todas las percepciones de la mente. Un hombre furioso es movido de forma muy distinta de aquel que sólo piensa esta  emoción. Cuanso reflexionamos sobre nuestros sentimientos e impresiones pasados, nuestro pensamiento es un espejo fiel, y reproduce sus objetos verazmente, pero los colores que emplea son tenues y apagados en comparación con aquellos bajo los que nuestra percepción original se presentaba.

He aquí, pues, que podemos dividir todas las percepciones de la mente en dos clases o especies, que se distinguen por sus distintos grados de fuerza o vivacidad. Las menos fuertes e intensas comúnmente son llamadas pensamientos o ideas; la otra especie podemos, solamente con fines filosóficos, llamarlas impresiones, empleando este término en una acepción un poco distinta de la usual. Con el término impresión quiero denotar nuestras percepciones más intensas: cuando oímos, o vemos, o sentimos, o amamos, u odiamos, o deseamos o queremos.

Se dice que no hay nada más allá del poder del pensamiento, salvo lo que implica la contradicción absoluta.

Pero, aunque nuestro pensamiento aparenta poseer esta libertad ilimitada, encontraremos en un examen más detenido que, en realidad, está reducido a límites muy estrechos, y que todo este poder creativo de la mente no viene a ser más que la facultad de mezclar, trasponer, aumentar, o disminuir los materiales suministrados por los sentidos y la experiencia. En resumen, todos los materiales de pensar se derivan de nuestra percepción interna o externa. La mezcla y composición de ésta corresponde sólo a nuestra mente y voluntad. O, para expresarme en un lenguaje filosófico, todas nuestras ideas, o percepciones más endebles, son copias de nuestras impresiones o percepciones más intensas.”

“Se sigue de todo esto que otros seres pueden poseer muchas facultades (senses) que nosotros ni siquiera concebimos, puesto que las ideas de éstas nunca se nos han presentado de la única manera en que una idea puede tener acceso a la mente, a saber, por la experiencia inmediata (actual feeling) y la sensación.

De todas formas, puede demostrarse que no es totalmente imposible que las ideas surjan independientemente de sus impresiones correspondientes ( y esto sucede por ejemplo en la gradación de matices dentro de un color).”

“He aquí, pues, una proposición que no sólo parece en sí misma simple e inteligible, sino que, si se usase apropiadamente, podría hacer igualmente inteligible cualquier disputa y desterrar toda esa jerga que, durante tanto tiempo, se ha apoderado de los razonamientos metafísicos y los ha desprestigiado.”

“Es evidente que hay un principio de conexión entre los distintos pensamientos o ideas de la mente y que, al presentarse a la memoria o a la imaginación, unos introducen a otros con un cierto grado de orden y regularidad. Desde mi punto de vista, sólo parece haber tres principios de conexión entre las ideas, a saber: semejanza, contigüidad en el tiempo o en el espacio y causa o efecto.”

“Todos los objetos de la razón e investigación humana pueden, naturalmente, dividirse en dos grupos, a saber: relaciones de ideas y cuestiones de hecho; a la primera clase pertenecen las Ciencias de la Geometría, Álgebra y Aritmética y, en resumen, toda afirmación que es intuitiva o demostrativamente cierta. Las proposiciones de esta clase pueden descubrirse por la mera operación del pensamiento, independientemente de lo que pueda existir en cualquier parte del universo. Aunque jamás hubiera habido un círculo o un triángulo en la naturaleza, las verdades demostradas por Euclides conservarían siempre su certeza y evidencia.

No son averiguadas de la misma manera las cuestiones de hecho, los segundos objetos de la razón humana; ni nuestra evidencia de su verdad, por muy grande que sea, es de la misma naturaleza que la precedente. Lo contrario de cualquier cuestión de hecho es, en cualquier caso, posible, porque jamás puede implicar una contradicción, y es concebido por la mente con la misma facilidad y distinción que si fuera totalmente ajustado a la realidad. En vano, pues, intentaríamos demostrar su falsedad.

Puede ser, por tanto, un tema digno de curiosidad investigar de qué naturaleza es la evidencia que nos asegura cualquier existencia real y cuestión de hecho, más allá del testimonio actual de los sentidos, o de los registros de nuestra memoria.

Así, advertimos que todos nuestros razonamientos acerca de cuestiones de hecho parecen fundarse en la relación de causa y efecto. Tan solo por medio de esta relación podemos ir más allá de la evidencia de nuestra memoria y sentidos.”

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